jueves, octubre 21, 2021
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Entre la crítica y la defensa de las encuestas

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Por Alfredo Serrano Mancilla, Director Celag, y Gisela Brito, Directora Opinión Pública. 

El frenesí no es el mejor aliado para los matices. El corre-corre al que estamos sometidos impone un marco analítico binario, sí o no, blanco o negro, verdad o mentira. La dictadura de las frases cortas y titulares lapidarios prevalece ante cualquier intento de introducir una explicación compleja.

Todo se simplifica en pro de la deseada sentencia: culpable o no. Siempre, sin matices y todo en modo excluyente.

En la cosmovisión andina existe un concepto, el chacha-warmi, que aboga por la complementariedad. Lo uno y lo otro. Quiero y no quiero. Culpable y no culpable.

Este marco viene como anillo al dedo a la hora de hablar de las encuestas en tiempo de elecciones. ¿Aciertan o fallan? ¿Sirven o no? Seguramente, las dos cosas a la vez. Aciertan y fallan. Sirven para algunas cosas y no para otras. Y para entenderlo no queda otra que recurrir al mundo de los matices.

En la reciente elección de las PASO en Argentina, la mayoría de las encuestas no logró acertar el resultado electoral. El caso más emblemático fue el la Provincia de Buenos Aires (PBA) que, por su peso poblacional, es de gran importancia para la política nacional. No acertó la mayoría de las encuestas realizadas en los días previos, incluida la nuestra (CELAG), ni aquellas que se hicieron en boca de urna el mismo día de la votación. Por ejemplo, Juntos por el Cambio manejaba internamente un resultado de derrota de 3 puntos en PBA en el corte de su boca de urna a las 17 horas. En el Frente de Todos tampoco acertaron (tenían una diferencia a favor de 6-7 puntos a favor).

¿Por qué ocurrió lo que ocurrió? Son muchas las variables necesarias para entender buena parte de lo sucedido. Con el diario del lunes todo es más fácil.

  1. Como advierte Bourdieu, una encuesta supone una “situación forzada”, es decir, es poco natural que alguien desconocido te llame por teléfono o te pare en la calle para preguntarte por todo, hasta por tu nivel de ingresos; te hable con un lenguaje que no sueles usar; y que te obligue a responder preguntas que nunca te has formulado. Creer que conoces a los entrevistados como si fueran tus amigos es lo mismo que considerar que con una encuesta lo puedes descubrir absolutamente todo. Y no.
  2. No se puede concebir una encuesta como si fuera una ciencia social exacta. Y mucho menos si la queremos circunscribir a la tarea de anticipar el resultado electoral. El comportamiento a la hora de votar depende de múltiples factores muy maleables, muchas veces difícilmente mensurables donde intervienen razones, emociones y valores, al igual que en cualquier otro tipo de decisión humana. Y, en consecuencia, se hace muy difícil ser hiperprecisos (más aún si estamos en época de incertidumbre). La encuesta es eso: una herramienta más para aproximarse a una realidad compleja y multicausal.
  3. La ciudadanía no siempre desea transparentar lo que vota. A veces, hay una explicación vergonzante que obedece a muchas razones puntuales para cada coyuntura política. Otras veces, es por el puro de deseo de no mostrar las cartas al encuestador, quien es visto como ajeno y sin derecho a saber nada sobre uno mismo. En este caso, se esconde la verdad, o inclusive se llega a mentir de la misma manera que un niño lo hace con su padre a la vuelta del colegio.
  4. En muchas ocasiones, equivocadamente asumimos que el marco racional para la toma de decisión electoral está perfectamente ordenado y que viene definido en forma anticipada. Y no. Esto no es así. Para muestra un botón. A una semana vista, en nuestra propia encuesta CELAG aparecía un porcentaje altísimo de la población que decía que no tenía decidido con total certeza su voto por muchas razones. Este rasgo condicionaba cualquier estimación de intención de voto. Sin embargo, el interés dominante tanto para la clase política como para el periodismo (periodista y lector) se centraba exclusivamente en el valor de la intención de voto, y saber quién ganaba o perdía. Esa ansiedad, comprensible pero más propia de una concepción de las elecciones como una carrera de caballos (tal como acuña Patterson), acabó constituyendo una trampa insorteable: todo el mundo se acuerda del número y se olvida que había un matiz que lo limitaba.
  5. La mayoría ciudadana está más ocupada de sus asuntos cotidianos que pensando en qué votar. Esta apatía electoral tiene su correlato en la alta tasa de rechazo que hay detrás de cada encuesta. Este gran porcentaje que prefiere no atender al encuestador sesga la muestra en demasía, y por mucho que se pretenda corregir ad hoc, se arrastra un defecto de origen que tiene sus consecuencias. Seguramente, hay mucho que trabajar y mejorar en esta línea, para asociar la tasa de rechazo de una encuesta con la abstención, o con el modo-contexto en el que se decide el voto. El aumento de casi 4 millones de personas que no fueron a las urnas en las últimas PASO en Argentina (en comparación con las del 2019) seguramente se podría haber intuido si hubiésemos mirado con lupa esa mayoría de gente que no quiso responder ante el intento (telefónico o presencial) de ser entrevistado.

Dicho todo lo cual, nada de esto debe ser traducido como que “las encuestas no sirven”. Ni mucho menos. Fallan y aciertan en función de cuál sea el criterio exigido. Si la encuesta es entendida únicamente como un pronosticador sobre intención de voto, entonces, probablemente habrá más errores que aciertos (por todo lo comentado previamente). Pero si, por el contrario, se asume que lo más jugoso está en la cantidad de información cualitativa que se puede llegar a organizar cuantitativamente para caracterizar a las sociedades, ahí es cuando la encuesta tiene un gran potencial para acertar y ser de enorme utilidad (siempre y cuando sea considerada como un insumo más, y no el único).

Una encuesta, más allá de la intención de voto, nos permite identificar sentidos comunes y grandes consensos; otros asuntos en los que hay grandes disputas; los malestares predominantes en el quehacer cotidiano; tendencias en materia de evaluación de la gestión pública y privada; las matrices de sentimientos dominantes en relación a determinadas problemáticas; la valoración sobre determinados actores sociales y dirigentes políticos.

Si el objetivo de la encuesta va por este camino y no por la vía exclusivamente electoral, entonces, los condicionantes muestrales (que los hay) serán menos determinantes a la hora de leer los resultados. ¿Por qué? Porque la gente es más dada a conversar de sus preocupaciones diarias; es mucho más sincera si le preguntas qué es lo que más le inquieta en su barrio, cómo afronta la subida de precios, si está agobiada con los gastos de la vivienda, etc. Es menos forzado hablar/encuestar de lo cotidiano que si tratamos los asuntos propios de una burbuja política y electoral.

El corolario es evidente: mea culpa por la parte que nos toca a la hora de no estimar con precisión el comportamiento electoral en las últimas PASO en Argentina, pero tampoco exageremos en la sentencia ni en la penitencia. Y miremos un poquito más allá sacándole el máximo jugo a las encuestas. Nosotros, así como otros tantos colegas, seguiremos con ello, procurando aprender de los errores, mejorando el método, con la sana intención de que sean útiles (como insumo) a la hora estudiar las dinámicas societales, las subjetividades dominantes, las tensiones políticas y, en definitiva, lo que les preocupa y ocupa a las mayorías.

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