Una pequeña historia de la desconfianza (primera parte)

Por Orlando Pérez

Como nunca antes, hoy vivimos un momento histórico marcado, en muchos aspectos,  por la desconfianza política, que no hace sino agudizar la crisis social. Los sicólogos o los analistas con buena carga de antropología podrían decir que esto lo arrastramos desde la misma ruptura estructural que produjo la colonización en nuestros territorios. Sin embargo, no puedo dejar de mencionar que tres años de traiciones y de recelos exacerbados han dado paso a una desconfianza generalizada. Seguramente eso también se exprese en las urnas el 2021.

Pero antes de entrar en asuntos muy coyunturales habría que decir que los ecuatorianos, en general, tenemos desconfianzas sembradas desde varios aspectos: si eres del campo o la ciudad, de la Liga o El Nacional, del Barcelona o del Emelec, de la Costa o de la Sierra, de Manabí o Guayas, de Cuenca o Azogues, del sur o del norte, de la izquierda o la derecha, de un color de piel o de otro, correísta o anticorreísta, hombre o mujer. Y no es exagerado mencionar que también hay una desconfianza llena de prejuicios porque se han constituido bloques de poder para ahuyentar al otro, al diferente, simplemente por ser pobre.

Desde esas posturas, liberales y modernistas dan lugar a explicaciones de nuestra realidad para decir, por ejemplo, que esas desconfianzas generan los bloqueos históricos para acuerdos o consensos entre los partidos y las clases sociales. Pero ni siquiera es por ahí donde encontramos un sentido a la desconfianza para entender una posible salida.

En el mundo, en general, se han constituido también unas filiaciones transversales (como la de las hinchadas o los fanes de los artistas) que colocan a esos “diferentes”, temporalmente, en una misma “tribu”, aunque al salir del estadio o de un concierto, vuelvan a mirarse con la sospecha que parte de sus identidades más arraigadas.

Hace poco fui a un concierto de Alejandro Sanz y vi a algunos correístas y anticorreístas sentados, casi uno al lado del otro, coreando sus canciones con el mismo fervor que en otros escenarios uno se muestra a favor de Rafael Correa y el otro en su contra. Habría grabado ese momento para entender lo que digo ahora, pero por respeto a su privacidad fue mejor dejarlo así.

Ahora que se acercan las elecciones y tenemos un gobierno que lo deshace todo, intoxicando cada posible salida a la crisis, volveremos a vivir las desconfianzas, pero afincadas en tribus políticas con intensidades y pasiones de toda clase. Es difícil olvidar abril de 2017, cuando un tal Páez quería incendiar Quito porque se creía ya vicepresidente. O aquellos que ahora adoran a Lenín Moreno lo acusaban de los crímenes más horrendos ocurridos en Ecuador y daban por hecho que en la Presidencia estaría al servicio del “terrorismo internacional” (en parte lo está si se reconoce como tal al gobierno que invade países, asesina a líderes mundiales o inunda de armas el planeta).

Por eso también es válido preguntarse en qué momento y cómo expresamos la palabra COMPATRIOTA. ¿Cómo la entendemos a la luz de la pandemia si cada quien hace lo suyo como puede y el gobierno deja morir a miles de personas, contagiarse a decenas de miles o una alcaldesa impide aterrizar a un avión por emergencia humanitaria?

Es difícil aceptar un discurso que menciona a los otros como COMPATRIOTAS. Jaime Nebot a sus “compatriotas” de la Sierra los manda al páramo. O Guillermo Lasso dice que los pobres (sus compatriotas también) no son un buen negocio para las empresas. María Paula Romo no ve a los correístas como sus compatriotas y, sin mediar un proceso o una investigación, los manda presos porque supone que intentan desestabilizar al régimen. Un Abdalá Bucaram negocia (con la venia del gobierno, durante tres años) cargos en el sector público, medicinas y mascarillas para sacarles el mejor provecho a sus compatriotas y llevarse el dinero a Miami o Panamá.

Por el momento, es una buena apertura para hablar de la Pequeña Historia de la Desconfianza, como un preludio al momento donde las identidades políticas harán su parte para la batalla campal, para destrozar al otro, ese al que de modo acomodaticio llaman compatriota, pero en realidad es su adversario, enemigo o simplemente un consumidor de un mercado de ofertas que le devuelve más miseria. Por supuesto, hay excepciones y de eso hablaré en una segunda parte.