Lo que no se supo de Diego Maradona

Por: Andrés Luna Montalvo

“El 99 por ciento de las cosas que se dicen y se escriben de mí, son mentiras”; la frase pronunciada en 1998 la tomo del libro “Diego dijo”, escrito por Marcelo Gantman y Andrés Burgo, que recoge más de mil frases de un personaje suspicaz cuya lengua fue tan hábil como su pierna izquierda. Se dijo mucho de Maradona en esta semana, pero sobre todo mentiras.

 

Maradona no es dios, no hace falta que lo explique, pero hay quienes creen que hay quien cree que sí lo es. La famosísima “iglesia maradoniana” no es un templo de culto, no compite con los cristianos ni con los judíos, es una sátira, un cuento creado por unos fanáticos, pero sobre todo una historia de medios de comunicación. Lo cuenta con detalle José Caldeira en su libro “Iglesia Maradoniana, la mano de D10S”, donde entrevista a sus fundadores y explica que no se trata una secta religiosa sino de una broma que convocó a muchos periodistas: los diez mandamientos de “la iglesia” fueron encargados por Diario Olé a sus fundadores y les dieron una hora para redactarlos.

Maradona tampoco es Maradona por futbolista. Inútilmente tratan de comparar sus estadísticas con otros cracks igual o más exitosos que él. Pierden el tiempo, no se murió el futbolista, cualquiera que juegue ahora el triple de campeonatos que se jugaban en su época tiene mejores números; el que murió fue el ídolo popular, el cantante del pueblo, el político contradictorio de “izquierdas”, el poeta, el redentor, el soldado de Malvinas, el ícono del latinoamericano.

Sergio Levinsky, escritor argentino, le contó a Pichincha Universal una anécdota en Suiza de Maradona con un periodista. Mientras iban libremente por las calles, le preguntaron, “¿qué se siente caminar dos cuadras sin que nadie te reconozca o te pida una foto?”, “diez minutos más así y me muero”, respondió. Que Maradona era adicto, se sabe de sobra, pero lo que la gente no sabe o no quiere saber es que los adictos a Maradona somos nosotros, los que nunca lo dejamos en paz, los que siempre opinamos de él, para ponderarlo o para juzgarlo, los que violentamos intimidades. Ni siquiera quienes lo desprecian pueden ignorarlo, porque hasta de muerto se burlan de sus dependencias patológicas, con memes, frases o caricaturas, con la misma gracia de quien hace mofa de la gorda, del cojo, de quien tiene acné o padece depresión.

Tampoco sabemos si descansará en paz, al menos su velorio tuvo antimotines y balas de goma, “todo lo de Maradona no tiene techo ni límites”, reconoció el relator Walter Hugo. Para acercarse a la verdad sobre el mito de Maradona, se debe comprender la cultura popular, los guasmos o los pueblos marginales, el hambre y el vicio. Al final, solo se odia y se teme a lo que no se conoce.