El preso de Carondelet

Por Rodrigo Rangles Lara 

Hay ocasiones en que la forma es el contenido. El escenario que ahora rodea a Carondelet con tupidas vallas metálicas, anillos macizos con punzantes alambres de púas, rejas que trepan hacia las cornisas entre las gruesas columnas sobre los centenarios balcones coloca, en el imaginario popular, la existencia de una descomunal cárcel.

Dictaduras y democracias de todos los colores se instalaron en esa casona a lo largo de la  historia nacional  y fueron las primeras que, temerosas de la ira popular, asumían en el palacio   recaudos protectores, pero ni la más sanguinaria de ellas – como la de los coroneles liderada por  Castro Jijón, por ejemplo-  llegó a convertir el símbolo del poder, a ojos de la población, en una penitenciaría.

Concomitante con esa lectura, abonada con la presencia de uniformados armados hasta los dientes y medidas extremas de seguridad, en Carondelet ahora existe un singular confinado que dice ser democrático y ha realizado un “gobierno exitoso” al que, con sobradas razones, desprecian dos de cada cien ecuatorianos, según últimos sondeos de opinión.

“¡Quién siembra vientos, cosecha tempestades!” Alerta una vieja reminiscencia bíblica  que calza perfecto al Presidente Lenin Moreno y a la gavilla de gandules que le rodean, acolitan, cogobiernan, asesoran, financian, protegen y le socapan desde dentro y fuera del país.

Razones sobran para haber construido ese bunker en plena Plaza de la Independencia, porque evidencia temor a la iracunda reacción del pueblo ecuatoriano víctima del odio gobernante que le está llevando a la miseria y que tampoco repara en mancharse las manos de sangre, herir o perseguir a quienes reclaman pan, libertad y justicia, como lo hicieron en octubre del año pasado, los ministros  María Paula Romo u Oswaldo Jarrín, bajo la égida del impostor.

El odio manifiesto del gobernante en ciernes no es casual ni producto de un diagnóstico siquiátrico, supuestos de analistas políticos  u opositores recalcitrantes sino la confesión más cruda  del propio mandatario que, en un arranque de sinceridad, declaró públicamente, muy suelto de huesos: “ Odio a los que votaron por mí”.

¿Por qué odiar a los que lucharon y se sacrificaron para elevarle a la más alta dignidad de servicio que cualquier ecuatoriano de bien desearía y agradecería?  A la luz de esa confesión y los acontecimientos  reveladores de su personalidad, podemos colegir que ese sentimiento de animosidad se explica en los ocultos anhelos de perder las elecciones, a fin de retirarse tranquilamente a disfrutar, en medio del calor familiar, esos 18 milloncitos donados alegremente por la Odebrech,  a cambio del jugoso contratito de una hidroeléctrica.

Sin hacer ruido, habría viajado feliz a sus cómodos cuarteles de invierno  en el extranjero exhibiendo, además, una imagen de hombre bueno, honesto, leal, humanista,  y hasta solidario con ese grupo olvidado e invisibilizado de discapacitados víctimas de la marginación y olvido de los poderes públicos, como en lejanos tiempos le sucedía a él.

Si perdía las elecciones, se habría evitado cargar  el resto de su existencia la maldición colectiva que, ahora, gracias a ese singular odio contra quienes le elevaron a la más alta dignidad del Estado, le estigmatizará a lo largo su negra vida, por la traición a su líder y benefactor, a los ideales que decía profesar, a los compañeros de ruta en la incesante lucha contra neoliberales y el neoliberalismo y, por supuesto, a la artera puñalada al pueblo ecuatoriano.

Tiene razón de odiar a quienes le encumbraron a inmerecidos honores, porque el ejercicio gubernamental desnudó su verdadera condición humana e intelectual llena de vacíos,  egoísmos, frustraciones, celos, envidias o miedos  que – de acuerdo a especialistas de la mente –  son la fuente de su desdicha e infelicidad y – está muy claro – constituyó  el resorte para agitar, promover y dirigir  la venganza contra la Revolución Ciudadana o sus dirigentes, a límites inusitados, tratando de destruir la fuente de su sufrimiento que le carcome el alma y la envenena.

Veneno tóxico que le permitió llenarse los bolsillos, pero le llevó al fracaso como gobernante y  ser humano. Curiosamente, él y los  adulones sostén de su gobierno, se sienten orgullosos de dejar un país en ruina económica y moral; con la soberanía destrozada, la muerte rondando genocida en alas del Covid y el hambre taladrando estómagos vacíos de miles de desempleados y empobrecidos gracias a su indolencia e  indolente e incapaz con la bien ganada repulsa del pueblo e incluso de varios de  sus cercanos aliados,  en oportuna y oportunista deserción..

Ximena Peña, candidata presidencial del oficialismo se declara opuesta a las medias económicas  impuestas desde el Fondo Monetario Internacional, reclama porque “Moreno no ha gobernado con nuestro movimiento” y coincide con Serrano – incondicional del mandatario en los ajetreos de la traición – en pedir la renuncia del ensayo de autócrata a la jefatura de Alianza País.

A contrapunto de los odios y sus fracasos, el  éxito está asegurado cuando la felicidad desborda en el ser humano, cuando el amor es el móvil de la vida, cuando la solidaridad hermana y cuando se reparten las riquezas a  cada quién según sus capacidades y según sus necesidades.

Esas bondades afloran en acciones concretas  de  la “década ganada”, proclamas  y compromisos públicos de Unión por la Esperanza y la Revolución Ciudadana, movimientos progresistas cuyos líderes anuncian la reconstrucción de este país destrozado por los odios, piensan en el desarrollo integral del ser humano, creen en la Patria Chicha y en la Patria Grande, buscan la igualdad de los hombres y abrazan credos humanistas.

El odio y la venganza, con la complicidad de operadores de la injusticia, la canalla mediática y lo poderes fácticos nacionales y extranjeros  lograron el  ostracismo político, así como una ilegal sentencia contra Rafael Correo y otros “correistas” y, con el afán de liquidar cualquier posibilidad de participación electoral de la oposición, también eliminaron del registro  a Compromiso Social, partido que cobijaba a la Revolución Ciudadana. En el colmo del cinismo antidemocrático, intentaron eliminar también las candidaturas de Andrés Aráuz y Carlos Rabascall.

Una explosiva reacción de la ciudadanía, en las redes sociales y en las calles, más la protesta y amenaza de organismos internacionales de desconocer cualquier resultado electoral sin la participación de Unión por la Esperanza, echaron a pique las triquiñuelas fraudulentas gubernamentales que pretenden  instalar en el poder al banquero Guillermo Lasso o cualquiera de la amplia gama de ultraderechistas cogobernantes, algunos de ellos  inscritos alegremente en el padrón electoral.

Entusiasma el creciente apoyo popular al progresismo que permite pensar el triunfo “en una sola vuelta”, no obstante, se debe estar atentos a renovados afanes fraudulentos del gobierno si queremos que “El preso de Carondelet”, ahora en celda de oro – y la mafia de asaltantes a los fondos públicos, apurados tramposos  pagadores de deuda externa o privilegiados privatizadores – purgue sus culpas, como cualquier delincuente, en las mazmorras donde, con dedicatoria y saña, encarcelan a  los correistas.

Hasta tanto, vale apoyar y multiplicar la consigna popular: “¡Que no escapen, que no escapen!”